Las tomo para no olvidar lo que sentí estando ahí. Ese segundo de luz que no vas a poder recrear, ese gesto que dura medio instante, ese rincón de una ciudad que mañana ya cambió.
Empecé a fotografiar en 2018 casi por accidente — llevaba una cámara prestada a un viaje y algo hizo clic. Desde entonces no paré. Hoy cargo la Sony a6400 a donde voy, y el iPhone cuando la Sony se queda en casa.
Este archivo es personal. No es para vender, no es para marcas. Es la memoria visual de una vida construida con propósito.
La cámara no miente.
Pero sí elige qué verdad mostrar.
La fotografía es el único lenguaje
que se entiende en todo el mundo.
O sea, literal. Yo llegué a eso hace rato y apenas estoy entendiendo qué estoy haciendo. La cámara no te enseña — te enseña el error, la foto borrosa, la luz que no viste a tiempo.
Cada foto mala es el precio de las buenas. Y eso nadie te lo dice al principio.
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